Bo Camiño, a tenda do Peregrino no Camiño Portugues.
 Bo Camiño, a tenda do Peregrino no Camiño Portugues.

La Vieira. La concha del camino.

Ciudad Venera fue llamada Compostela, en el siglo XV, por el último trovador y primer novelista español, Juan Rodríguez del Padrón. Describe Rodríguez del Padrón —al comienzo del «Siervo Libre de Amor»— al príncipe Ardanlier llegando «a las partes de Iria, riberas del mar Océano, a las faldas de una montaña desesperada que llamaban los navegantes la alta Cristalina, adonde es la venera del albo cristal, señoría del muy alto príncipe, glorioso, excelente y magnífico rey de España, y en la mayor soledad hizo venir de la antigua Ciudad Venera que es, en los fines de la pequeña Francia, hoy llamada Galicia...».

Los gallegos no llaman venera al sabroso y bello molusco cuya concha sirve de símbolo de la peregrinación. Queda ese vocablo, más bien, para denominar las cruces que los caballeros de las Ordenes Militares llevan sobre su pecho.
El origen del vocablo no pudo ser más insigne. Lo debe a Venus Afrodita,
que entre otros sobrenombres, recibía de los griegos el de «Anadyomena», la que surge de las olas. Nace de la espuma —según consta en la «Theogonia»— con que hierve el mar en torno a los despojos de Urano, mutilado por Cronos.
Aparece, en el vaso de Olinto, surgiendo de las entreabiertas valvas de su concha, entre Hermes y Poseidón. Y Varrón relata la navegación de Venus, hija del fuego y del agua, en la venera, rumbo a Citerea.

Griegos y romanos debieron pensar, al navegar por las costas de Galicia los unos, y al conquistarla los otros, que aquí se encontraba el país de Venus Afrodita, dada su hermosura y la profusión de vieiras que hallaban en sus playas. Pero no consta, en ningún antiguo texto que llegasen a pensarlo.
Lo que sí es cierto, es la sagrada estimación que los antiguos gallegos sentían ya por las conchas de Venus, pues en la necrópolis de la baja romanidad existente en la inmensa playa de La Lanzada— inmediata a la isla de La Toja— aparecieron conchas enterradas al lado de los cadáveres.

La concha, perfecto vaso natural, debió haber sido usada siempre por los viajeros, e imitada después su forma en «cuneas» de bronce, barro, vidrio y también de oro, con aplicaciones muy diferentes en la vida sedentaria.
Los peregrinos que llegaban a Galicia hacían acopio de vieiras para servirse de ellas, al beber en los manantiales del Camino, a su regreso. E, insensiblemente, o respondiendo a remota tradición, fueron convirtiéndose en principal símbolo del propio peregrinaje.
A lo cual contribuyó su propio nombre, dada la semejanza de la palabra «vieira», con el vocablo «vieiro», camino en gallego, aunque nada tiene que ver entre sí, etimológicamente, esos términos.

El «Codex Calistinus» registra ya el significado de las conchas y el hecho de que los peregrinos las prenden en las capas para gloria del Apóstol».
Relata el «Liber Sancti Jacobi », entre los milagros atribuidos al Apóstol, el primero en que sirvió la concha de prodigioso instrumento: «A cierto caballero en tierras de Apulia (el año 1106) se le hinchó la garganta como un odre lleno de aire.» Pidió una concha de Santiago y tocó con ella su garganta enferma, hallando remedio inmediato.

La principal leyenda en que surgen las conchas, aparece en los textos más tardíamente, aunque se refiere al momento de la traslación del cuerpo del Apóstol en barca desde Jaffa a Padrón: Al tiempo que pasa la barca apostólica ante la costa de Portugal, se están celebrando unas fiestas de boda, con un torneo de armas, lo cual no deja de ser un gracioso anacronismo. Uno de los caballeros que justa es arrastrado al mar
por su desbocado corcel. Sálvase milagrosamente y salen «o caballo, e a sella, e o peitoral, e as estribeiras, e a allamfa, e os panos... todos cheos de vieiras».
En este milagro basan sus blasones los Vieiras portugueses y los Rivadeneiras gallegos, descendientes de aquel caballero justador que se dio tan milagroso chapuzón.

No sólo esas estirpes lucen veneras en sus escudos. Son infinitos los linajes españoles, ingleses y de otros países cuyos cuarteles están cargados con vieiras. En la Corte de San Jaime, y en toda la aristocracia inglesa, puede decirse que no se encuentra blasón sin conchas de Santiago. Sorprende ver cómo aparecen en las armas de Shelley —el romántico y delicado Ariel—; en las de los Spencer, y por tanto en las de Winston S. Churchill en las de los Russell, y por ello ¡quién lo diría! en las del filósofo Bertrand Russell.

Esta no es la menor de las sorpresas con que se tropieza. Aparecen en el altar de Herculano; en los sarcófagos clásicos de Siracusa y de Sidamara. Rebrota en el Renacimiento, en el lienzo de Botticelli y sirviendo de taza en la maravilla de las fontanas de Roma.
Decora la Casa de las Conchas salmantinas y recubre las «grottes de coquillages», cercanas a París, ideadas en el siglo XVII por la imaginación de Charles Perrault, el de los inmortales cuentos.
Sirve la forma de la venera, como planta para el Santuario pontevedrés de la Peregrina, y en el delirio decorativo del rococó brota la vieira por doquier.

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